Las primeras referencias al laberinto las encontramos en los relatos míticos de la Grecia antigua. Es la denominación que se le da al palacio del rey Minos de Creta, construido a base de numerosas e intrincadas estancias. Posteriormente, pasó a emplearse para el recinto construido por Dédalo para encerrar al Minotauro, y en el que Teseo entró para matar al monstruo, logrando salir después siguiendo el rastro de un hilo que le había entregado Ariadna. Por tanto, en el relato mítico, el laberinto tiene el valor de prueba que el héroe debe superar. La dificultad para encontrar la salida hace que se identifique con los caminos de difícil acceso o el recorrido largo y penoso hasta llegar a lo deseado.
El laberinto también fue utilizado en algunos ritos africanos en los que se enseñaba al neófito a no perderse e ir directo a lo largo de su vida hacia el centro espiritual, hacia la inmortalidad.
Con el tiempo, el laberinto fue tomado como motivo por el arte cristiano, de tal manera que lo encontramos representado en el suelo de muchas iglesias medievales (sobre todo durante el gótico) simbolizando de alguna manera la existencia terrenal, donde el hombre debe superar un largo y tortuoso camino cargado de pruebas y dificultades hasta llegar a la vida eterna, la salvación, representada en el centro del laberinto como manifestación de la Jerusalén celestial. En íntima conexión con estas ideas, encontramos esos laberintos en el pavimento como representación abreviada de las peregrinaciones a los santos lugares.












