sábado, 14 de mayo de 2016

EL ÁGUILA Y LAS GALLINAS


Un hombre se encontró un huevo de águila. Se lo llevó y lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos. Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día divisó muy por encima de ella, en el límpido cielo, una magnífica ave que flotaba elegante y majestuosamente por entre las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas. La vieja águila miraba asombrada hacia arriba.
-¿Qué es eso?, preguntó a una gallina que estaba junto a ella.
-Es el águila, el rey de las aves, respondió la gallina. Pero no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes a ella.
De manera que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.

- Anthony de Mello -

domingo, 8 de mayo de 2016

LA NECESIDAD DE ACUDIR A UN GRUPO Y UNIR ESFUERZOS



Uno de los tres refugios que citó el Buda es el Sangha (la comunidad espiritual). Es necesario e interesante asistir siempre que se pueda a grupos espirituales, grupos de meditación y voy a explicar porque. Estamos en una época difícil para lo que es la espiritualidad, la sinceridad, la búsqueda de la perfección. Todo va contra esto. A parte nosotros no tenemos muchas inquietudes espirituales por lo general y nos cuesta bastante seguir el camino recto que nos han indicado los maestros y que nos acerca a nuestro Ser. En cuanto nos descuidamos, nos olvidamos de todo esto y empezamos a caminar mal. Por eso, el reunirse con personas afines a estos propósitos nos puede animar a seguir y nos puede enriquecer mutuamente. También en los centros se reúne energía y se forman como puntos de luz en los que podemos nutrirnos. Recordemos las palabras de Jesús: Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. No te voy a decir a que asociación tienes que ir. Opino que hay muchas y buenas. Guíate con tu corazón y ve a aquella con la que sientas más afinidad y creas que más te puede beneficiar. Aquí compartimos algunas de ellas. Lo que sí que te puedo decir es que si ves, por poner algunos ejemplos y puntos importantes: negocios en las instituciones (todos los verdaderos maestros no cobran por dar la enseñanza, menos deberíamos hacerlo nosotros), adulteraciones e interpretaciones sospechosas de las enseñanzas originales, falta de respeto y trato injusto de los directores hacía los alumnos o que son lideradas por nuevos “maestritos” sin ninguna evidencia concreta de su maestría, abandones el grupo y busques otro.    

Alberto

EL CORAZÓN



El palpitar del corazón es un proceso relativamente autónomo que, sin una técnica determinada (por ejemplo, biofeedback), se sustrae a la voluntad. Este ritmo sinusal es expresión de una rigurosa norma del cuerpo. 

El ritmo cardíaco imita el ritmo respiratorio, el cual sí es susceptible de alteración voluntaria. El palpitar del corazón lleva un ritmo rigurosamente ordenado y armónico. Cuando, por las llamadas arritmias, el corazón se encalla momentáneamente o se desboca, ello manifiesta una perturbación del orden y el desfase respecto al esquema normal.

Si repasamos algunas de las muchas frases hechas en las que se habla del corazón, veremos que siempre se refieren a situaciones emotivas. Una emoción es algo que el individuo saca de sí, un movimiento de dentro afuera (latín emovere = mover hacia fuera). Decimos: El corazón me salta de alegría = del susto, me ha dado un vuelco el corazón = se me sale del pecho = lo noto en la garganta = se me oprime el corazón. Si una persona carece de esta parte emotiva, independiente del entendimiento, nos parece que no tiene corazón. Si dos personas están bien compenetradas decimos que sus corazones laten al unísono. En todas estas imágenes, el corazón es símbolo de un centro del individuo que no está regido ni por el intelecto ni por la voluntad.

Pero el corazón no es sólo un centro, sino el centro del cuerpo; está aproximadamente en el centro, ligeramente ladeado hacia la izquierda, el lado de los sentimientos (correspondiente al hemisferio cerebral derecho). Está exactamente en el lugar que uno toca cuando se señala a sí mismo. El sentimiento y, más aún, el amor están íntimamente unidos al corazón, como nos indican ya las frases hechas. El que lleva a los niños en el corazón es que los quiere. Cuando se encierra a una persona en el corazón es que uno se abre a ella. Tiene gran corazón la persona que es abierta y expansiva, todo lo contrario del individuo de corazón mezquino, que no conoce sentimientos cordiales, que tiene el corazón duro. Ése nunca dejaría que nadie le robara el corazón y por eso en nada pone el corazón. El blando de corazón, por el contrario, se arriesga a amar con todo el corazón, infinitamente. Estos sentimientos apuntan a la superación de la polaridad que para todo necesita unos límites y un fin.

Ambas posibilidades las encontramos simbolizadas en el corazón. Nuestro corazón anatómico está dividido interiormente, y el «latido» es bitonal. Con el nacimiento del individuo y su entrada en la polaridad, consumada con la primera inspiración de aire, se cierra la divisoria del corazón con un movimiento reflejo y lo que era una gran cámara y un sistema circulatorio se convierte súbitamente en dos, lo cual el recién nacido suele acusar con llanto. Por otra parte, la representación esquemática del símbolo del corazón —tal como lo pintaría espontáneamente un niño— se compone de dos cámaras redondas que terminan en un vértice. De la dualidad surge la unidad. A esto nos referimos al decir que la madre lleva al niño debajo del corazón. Anatómicamente, la expresión no tiene sentido: aquí el corazón se considera símbolo del amor, y no importa que la anatomía lo sitúe en la parte superior del cuerpo cuando el niño se está formando más abajo.

También podría decirse que el ser humano tiene dos centros, uno arriba y otro abajo: cabeza y corazón, entendimiento y sentimiento. De una persona completa esperamos que disponga de ambas funciones y que las tenga en armónico equilibrio. El individuo puramente cerebral resulta incompleto y frío. El que sólo se rige por un sentimiento resulta con frecuencia imprevisible y atolondrado. Sólo cuando ambas funciones se complementan y enriquecen mutuamente, el individuo se nos aparece redondo.

Las múltiples expresiones en las que se invoca el corazón indican que lo que hace perder al corazón su ritmo habitual y mesurado es siempre una emoción, que tanto puede ser el miedo que dispara el corazón o lo paraliza, como alegría o amor, las cuales aceleran de tal modo los latidos que uno los siente en la garganta. Lo mismo ocurre con las perturbaciones patológicas del ritmo cardíaco. Sólo que aquí la emoción que las provoca no se advierte. Y éste es el problema: las perturbaciones afectan a las personas que no se dejan desviar de su camino por «simples emociones». Y el corazón se altera porque el ser humano no se atreve a dejarse alterar por las emociones. El individuo se aferra a la razón y a la norma y no está dispuesto a dejarse gobernar por los sentimientos. No quiere romper la rutina de la vida por las acometidas de la emoción. Pues bien, en estos casos la emoción pasa al terreno somático y uno empieza a padecer trastornos cardíacos y tiene que auscultar su corazón literalmente.

Normalmente, no percibimos los latidos del corazón: sólo una emoción o una enfermedad nos hacen sentirlos. No percibimos los latidos del corazón más que cuando algo nos excita o cuando algo se altera. Aquí tenemos la clave para la comprensión de todos los síntomas cardíacos: son síntomas que obligan al individuo a escuchar su corazón. Los enfermos cardíacos son personas que sólo quieren escuchar a la cabeza y dejan en su vida muy poco espacio al corazón. Esto se aprecia especialmente en el cardiófobo. Se llama cardiofobia (o neurosis cardíaca) a una angustia, sin fundamento físico, por el funcionamiento del propio corazón, que induce a una observación enfermiza del corazón. El miedo al ataque al corazón es tan fuerte en el cardioneurótico que éste no tiene inconveniente en cambiar totalmente de vida.

Si buscamos el simbolismo de este comportamiento, apreciaremos una vez más la sabiduría y la ironía con las que actúa la enfermedad: el que sólo quería regirse por el cerebro, es obligado a vigilar constantemente su corazón y supeditar su vida a las necesidades del corazón. Tiene tanto miedo de que su corazón un día se pare —miedo, por otra parte, totalmente justificado— que vive pendiente de él y lo sitúa en el centro de su mente. ¿No tiene gracia?

Lo que en el neurocardíaco se opera en el plano mental, en la angina de pecho ya ha pasado al cuerpo. Los vasos que llevan la sangre al corazón se han endurecido y estrechado y el corazón no recibe suficiente alimento. Aquí no hay mucho que explicar, pues todo el mundo sabe lo que significa un corazón duro o un corazón de piedra. Angina equivale a angostura, y angina de pecho, por lo tanto, es estrechez de corazón. Mientras que el cardioneurótico experimenta esta estrechez en forma de ansiedad, en el enfermo de angina pectoris esta estrechez se ha concretado. La terapia aplicada por la medicina académica en estos casos tiene un simbolismo original. Se administra al enfermo cápsulas de nitroglicerina (por ejemplo, «Cafinitrina»), es decir, material explosivo. De este modo se dilatan las estrecheces, a fin de volver a hacer sitio para el corazón en la vida del enfermo. Los enfermos cardíacos temen por su corazón, ¡y con razón!

Pero muchos no entienden la invitación. Cuando el miedo al sentimiento crece de tal modo que uno sólo se fía de la norma absoluta, la solución es hacerse colocar un marcapasos. Y así el ritmo vivo se sustituye por un marcador de compás (¡el compás es al ritmo lo que lo muerto es a lo vivo!). Lo que antes hacía el sentimiento lo hace ahora un aparato. Pero, si bien uno pierde la flexibilidad y capacidad de adaptación del ritmo cardíaco, ya no ha de temer los brincos de un corazón vivo. El que tiene un corazón «estrecho» es víctima de las fuerzas del Yo y de sus ansias de poder.

Todo el mundo sabe que la hipertensión favorece el infarto de miocardio. Ya hemos visto que el hipertenso es un individuo que tiene agresividad pero la reprime por medio del autodominio. Esta acumulación de energía se descarga por el infarto de miocardio: le rompe el corazón. El ataque al corazón es la suma de todos los ataques no lanzados. En el infarto, el individuo comprueba la verdad de que la sobrevaloración de las fuerzas del Yo y el dominio de la voluntad nos aísla de la corriente de la vida. ¡ Sólo un corazón duro puede quebrarse!

ENFERMEDADES CARDÍACAS

En los trastornos y afecciones cardíacas debería buscarse la respuesta a las siguientes preguntas:

1. ¿Tengo la cabeza y el corazón, el entendimiento y el sentimiento en un equilibrio armónico?
2. ¿Dejo a mis sentimientos espacio suficiente y me atrevo a exteriorizarlos?
3. ¿Vivo y amo con todo el corazón o sólo con la mitad?
4. ¿Mi vida es animada por un ritmo vivo o trato de forzarle un compás rígido?
5. ¿Hay aún en mi vida combustible y explosivo?
6. ¿Ausculto mi corazón?

(La  Enfermedad  Como  Camino, Thorwald  Dethlefsen y Rüdiger  Dahlke)

domingo, 1 de noviembre de 2015

PSIQUIS


Antonio Canova (Italia, 1757–1822) | Cupido y Psyche | 1794

Poco se sabe de la genealogía de Psiquis. Dícese que tuvo hermanos mayores. De su padre sólo se conoce su calidad de rey. ¿De qué país? Se ignora. ¿Cómo se llamaba? No lo sabemos. Respecto a su madre, no podemos dar otro detalle que el de su calidad de esposa del rey. Era, por lo tanto, reina. En cuanto al nombre de sus hermanas, princesas como la propia Psiquis, no nos encontraríamos menos apurados si no aceptáramos el auxilio de Moliére. El gran poeta cómico las llama Aglaura y Cidipa, nombres o apellidos que, dicho sea de paso, no cautivan por su elegancia. Los damos, pues, con ciertas reservas, escudándonos en el entusiasmo y la notoriedad del ilustre poeta francés. 
Pero todo tiene su compensación, porque si realmente no poseemos gran riqueza de detalles respecto a la familia de Psiquis, tenemos, en cambio, un caudal informaciones respecto a nuestra princesa. 


El Amor y Psiquis 

Psiquis era muy bonita. No había en aquellos remotos tiempos criatura divina o humana más graciosa ni más hermosa que ella. Venía gente de todas partes para admirarla. Los fanáticos llevaban su entusiasmo hasta erigirle altares. Pero a pesar de la cantidad y la calidad de sus adoradores, ninguno se atrevía a solicitar su mano. Y lo grave del caso era que sus hermanas Aglaura y Cidipa hacía ya largo tiempo que habían abandonado la casa paterna del brazo de poderosos se-ñores, mientras que Psiquis parecía destinada a quedarse soltera. Triste y desconcertado por aquella realidad insólita, su padre creyóse víctima de un castigo celeste. Por eso se decidió a interrogar a un célebre adivino, muy prestigioso por su ciencia y buen criterio, llamado Harpócrates, hijo de Isis y de Osiris. He aquí la respuesta que recibió: 

Expón sobre un peñasco a tu hija querida, 
para un himeneo de muerte, bellamente vestida: 
no esperes para ella la mano de un mortal, 
sino un dragón terrible, un monstruo colosal, 
que con alas veloces el espacio cruzando, 
lleva consigo el fuego y el acero nefando; 
pues a Júpiter hiere, a los dioses espanta 
y hasta vence al Estigia, cuyas olas levanta. 

Nos permitimos suponer que Venus no era ajena a la redacción de esta orden cruel, pues parece ser que, celosa de su rival en belleza, había encargado a su propio hijo Cupido que usara de su poder para inspirar a la odiosa mortal una extravagante pasión que la hiciera desgraciada y ridícula. 
Fue preciso someterse al oráculo, y los padres de Psiquis, llorando amargamente, condujeron a la linda criatura a lo alto de una montaña aislada y la abandonaron a su triste suerte. 
Pero Cupido, por su parte, desciende del Olimpo para satisfacer los deseos de su madre; llega a la montaña y se prepara a sacar de su carcaj la flecha que atraviesa los corazones. Impresionado por la sin igual belleza de Psiquis, Cupido se siente atraído por la rival de su madre y... vuelve el dardo contra sí mismo. 

Sí: es el mismo Eros
que suspira al amor... 

Tan enamorado está de la gentil princesa, que quiere tomarla por esposa. Cupido ordena, pues, a Céfiro que se la lleve elevándose por los aires y que le ofrezca como morada el más precioso palacio que pueda imaginarse. 
Psiquis, dulcemente conducida e instalada por Céfiro, de acuerdo con las prescripciones de Eros, Cupido, se extasía ante las bellezas y esplendores que tiene frente a sus ojos. 
Cuando la noche se aproxima con su hálito sombrío, un ser misterioso envuelto entre los pliegues de su manto dice, con voz dulce, a Psiquis: 
—No temas nada, querida Psiquis; yo soy el dueño de este palacio y te lo ofrezco como regalo de nuestras próximas bodas, pues yo quiero ser tu esposo. Todo cuanto ves aquí te pertenece. Expresa un deseo, y será Inmediatamente satisfecho. Céfiro está a tus órdenes, y no tienes más que mandar para ser obedecida ciega-mente. Yo no exijo otra cosa de ti, en pago de mi afección, sino que te resignes a no verme. Con esta sola condición podremos vivir felices, muy felices. 
La aurora enviaba al mundo sus primeros rayos cuando el misterioso ser desapareció sin que Psiquis lograra verle la cara. 
Completamente convencida, Psiquis se acuerda de sus hermanas y quiere hacerlas partícipes de su alegría. Envía a Céfiro a buscarlas, y Aglaura y Cidipa no se hacen de rogar. Al ver la riqueza y la magnificencia del palacio de Psiquis; sus hermanas sienten una envidia feroz. Por eso empiezan a atormentar a la infeliz criatura cuando ésta leá cuenta ingenuamente la visita nocturna.  Aglaura por un lado y Cidipa por otro, se disputan las iniciativas más pérfidas para infiltrar la inquietud en el corazón de su hermana. Y le dicen con acento dulce .y protector: 
—¡Cómo te compadecemos, hermanita! Eres el juguete de un temible impostor; estas suntuosidades que ha puesto ante tus ojos no son otra cosa que un anzuelo para abusar de tu candor y de tu inocencia. 

El verdadero amor no exige condiciones, 
y quien se obstina en esconderse 
es que de alguna cosa se le puede acusar. 

—Si así no fuera —añadían aún sus hermanas—,  ¿qué temor ha de tener en aparecer a plena luz? Créenos y no seas tonta. Eres víctima de sus mágicos sortilegios. Es un monstruo, como ha dicho el oráculo. Si así te hablamos es por el cariño que sentimos por ti; no lo dudes un momento, que ya sabes cuánto te queremos. Asegúrate de la verdad de lo que te decimos, para que no llegues a caer en el lazo. Espera la próxima noche; esconde tu lámpara y, en cuanto se duerma, la acercas a su cara; así sabrás la verdad. Adiós, hermanita; sigue nuestros buenos consejos y ten la seguridad de que nadie como nosotras desea tu alegría y tu dicha. ¡Bésanos y buen ánimo! 
Después de este beso pérfido,  Aglaura y Cidipa se alejan del magnífico palacio de su hermana, satisfechas de haber sembrado la duda en el tierno corazón de Psiquis. 
Los falsos consejos de sus hermanas impresionaron vivamente a la joven princesa. Ésta siente ardientes deseos de saber y, confiada en la experiencia de sus hermanas mayores, observa al pie de la letra sus malévolas recomendaciones. En cuanto empieza a anochecer, enciende la lámpara, la disimula detrás de unas flores y espera. Su esposo no tarda en llegar; ella reconoce el acento de su voz y espera con ansiedad el momento del sueño. El misterioso amante duerme ya: el instante es favorable. Psiquis coge su lámpara, la levan-ta por encima de su cabeza para ver mejor y descubre un efebo de rosadas mejillas y de cabellos rubios, que no tiene nada de feo, muy al contrario. Su respiración lenta y regular exhala un aliento suave y perfumado. ¿Por qué temerle? Es imposible que aquel hermoso doncel pueda ser malo. Psiquis no puede apartar sus ojos de aquel cuadro delicioso. Está dominada por la emoción; su mano tiembla; la lámpara vacila; una gota de aceite cae sobre el brazo desnudo del durmiente y lo despierta. Éste ve a Psiquis y desaparece. El hechizo se ha disipado; ¡adiós palacios suntuosos, adiós selvas perfumadas! Ya no queda nada allí; ¡todo ha desaparecido! Sólo queda una roca salvaje, sobre la cual se la-menta la infortunada Psiquis, arrepentida de su falta y apenada por el remordimiento. ¡Fatal curiosidad! ¡Qué de lágrimas inútiles haces derramar a tantos ojos hermosos!
Venus, la divinidad, estaba radiante de alegría. Cupido, inconsolable, se había dirigido al Olimpo y presentado a Júpiter, suplicándole que le devolviera a su Idolatrada esposa. Júpiter se excusa suavemente: 
—El dios del Amor no puede unirse con una mortal. 
—¿Acaso no sois, ¡oh señor de los dioses!, todopoderoso para inmortalizar? 
Halagado por las sutiles lisonjas de Cupido, el soberano del Olimpo sonrió acariciando su majestuosa barba. Y, realmente, ¿puede acaso negar aquel favor al pequeño dios del Amor, que tan buenos recuerdos le despierta? Su ayuda le fue siempre oportuna y agradable; y es posible que aún se le presente ocasión de recurrir u sus excelentes servicios. Su prudencia, pues, le impulsa a no mostrarse con él demasiado riguroso. Que sea Mercurio quien reemplace a Céfiro en el servicio de Psiquis y que la conduzca al celeste imperio: esto ordena Júpiter. Éste echará en la copa divina la embriagadora ambrosía de la inmortalidad y colocará en las blancas espaldas de la gentil princesa unas lindas alitas de mariposa. 
Nada puede oponerse ya a la suspirada unión de Amor y de Psiquis. La boda se celebra con toda solemnidad. Los dioses todos asisten a la ceremonia y saborean el delicioso néctar, mientras las Musas y las Gracias aclaman a la nueva divinidad en medio del entusiasmo que levantan las danzas y los cantos del himeneo. 

(Emilio Genest, Figuras y Leyendas Mitológicas)

LA PARÁBOLA DEL DIAMANTE


Se parece la verdadera dicha interior al más espléndido de los diamantes, que cuando es encontrado por un diestro joyero ya no repara más que en él.

El que se deleita en la auténtica dicha interna ya no se obsesiona persiguiendo placeres o basando su contento en los objetos del exterior, lo que no quiere decir que no disfrute y se entusiasme, pero ya ha encontrado la fuente interna de felicidad y no necesita compulsivamente estar buscando otras que no son las genuinas ni las que le pueden otorgar la verdadera calma mental y la paz interior.

domingo, 25 de octubre de 2015

50 ANIVERSARIO DE LA ENCARNACIÓN DE SAMAEL EN SU DHIANI BUDHA AUN WEOR



Con motivo de un nuevo aniversario de la encarnación de Samael el 27 de octubre, os presentamos este vídeo que se hizo con motivo de su 50 aniversario. Un homenaje a la vida y obra del esoterista más destacado de la segunda mitad del siglo XX. 


MUNDOS INTERNOS, MUNDOS EXTERNOS


Mundos Internos fue creado por el fabricante canadiense de cine, músico y maestro de meditación Daniel Schmidt. La película podría ser descrita como el reflejo externo de sus propias aventuras en la meditación.